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Jueves, 07 de septiembre de 2006

Confundido sea el fuego divino

Agosto 2006




Pasado Santiago, se hace cada vez más frecuente para el viajero el encontrarse con extensiones de paisaje totalmente arrasadas por el fuego, destruidas por la estulticia humana y la ineptitud administrativa. Apenas vemos, o queda por lo menos marcada en nuestra memoria, otra cosa que los restos calcinados de los bosques, el silencio rotundo de la muerte y el lodo asfixiante que han formado las cenizas tras los dos providenciales días de lluvia.

En ocasiones, el camino ya no discurre entre esas frescas sombras de castaños, robles, eucaliptos y pinos que nos han acompañado casi de continuo desde que salimos de Villafranca. Allá por donde el fuego ha pasado, el paisaje se muestra carente de imprevistos, quejumbroso entre cenizas y calor reverberante, con la misma tristeza de las sombras que no tienen dueño.

A casi el final del trecho hacia Fisterra están Corcubión y Cee, que a mi se me asemejan a la Zumarraga y Urretxu de mi tierra, pues se sale de una para entrar en la otra, sin apenas haberse dado cuenta de ello. Hemos parado en Corcubión a descansar un poco, lo cual significa –por lo menos- sentarse, beber algo y buscar la frescura de alguno de los pocos lugares umbrosos que se prodigan a esas horas del día.

Que es Domingo es algo que no he dicho pero de lo que debe quedar constancia, pues el fondo -aunque sólo sea un indefinido oscuro-, es importante para que conozcamos los perfiles de un retrato, o el tiempo y el lugar donde se desarrolla una historia. Es Domingo, y envueltos en un reparador silencio hemos pasado una buena porción de tiempo contemplando un infinito no determinado, mientras damos pequeños sorbos a sendos botellines de agua. ¡Que placidez!, ¡que descanso! –hemos pensamos-, ¡que relajo!, ¡que…

Repentinamente, una voz ha roto con fuerza desde la lejanía ese estado de levedad en la que nos encontrábamos. Después de unos instantes sobreponiéndonos, entendemos que lo que oímos es una misa que llega por megafonía hasta nosotros, igual que si nos encontráramos en las últimas filas de una iglesia.

… diablos es eso!

- Es Don Andrés, el párroco de Ameixenda, que está cerca de aquí –nos comenta una joven que disfrutaba cerca de nosotros de la misma placidez-, ¿no habéis leído el periódico?.

- Pues no..

- Ha instalado una megafonía en el campanario de la iglesia para que todo el mundo, quiera o no, le escuche cuando da la misa.

No se porqué, pero uno de esos resortes que mueven nuestra memoria, y definen de manera individual y particular el modo que tenemos cada uno de nosotros de relacionar las cosas, ha hecho que este acto indiscriminado de salvación de almas, traiga a mi recuerdo aquello que cuenta Cessari d’Heisterbach, y que la Enciclopedia Católica ha negado por activa y pasiva, que ocurrió en Beziers en 1209.

Dice el cronista que finiquitándose ya esa guerra que titulan de los cátaros, pero que más que otra cosa fué una trifulca franco-aragonesa por la posesión del pastel tolosano, las tropas de la fe –como ahora lo son las que pretenden ir consolidando democracias-, tomaron la ciudad de Beziers. Al hacerlo, Arnauld Amalric, legado papal, dio la orden de terminar con toda la población, y al decírsele que cuidara que mucha de ella era católica, contestó:

- Matadlos a todos, que Dios reconocerá a los suyos.

Se puede pensar que hay que ser un tanto bruto para decir eso, y que seguramente, como yo también pienso, es más una leyenda que un hecho real. Pero sensibilidades al margen, la verdadera brutalidad no está en las palabras, sino en los actos, y si bien no se ha dicho eso de “Salvadlos a todos, que el diablo ya se llevará a los suyos”, si que se han tomado las medidas necesarias para que esto sea así.

Montañas de ceniza, desolación, mucho calor y la misa de un domingo lanzada al viento por la megafonía del campanario de aquella parroquia. Hoy todo pinta muy triste, casi apocalíptico, pero hasta en ello se encuentra medio para seguir viviendo y llegar a decir, cuando se pregunta por el asunto, eso de:

- Non me molesta e ás veces fai falta que se esperte á mocidade

Por: Charles de Batz | General | Comentarios (5) | Referencias (0)

Comentarios

Ja, ja jaja si! lo he buscado y he encontrado aquí:

http://www.elmundo.es/elmundo/2006/08/13/espana/11...

el párroco que da sus misas por megafonia. No me lo puedo creer!

Bonita anecdota Charles

Un beso y pasa buen fin de semana

Duna | 08-09-2006 16:52:39

Parece todo lo mismo: la tierra inculta y "echada a monte", luego poblada de codicia y eucaliptos y, al fin, quemada. Los curas trogloditas aliados con la industria del ruido. La sarta de incendiarios parecía salida de "Divinas palabras".

Vere | 08-09-2006 17:38:23

Como bien dice Vere, esperpéntico, no hay mejor palabra para describirlo. Eso y la pena inmensa que sentimos al ver la hermosa naturaleza destruida.

ladydark | 10-09-2006 21:35:13

Si... muy triste, confuso y como tu dices apocaliptico. Combinas ingredientes muy duros y demuestras tener como siempre una capacidad de observación y de captar lo que hay a tu alrededor única.

zubi | 11-09-2006 00:13:39

No se que duele más, las heridas de la tierra, que en últimas son nuetras heridas, o las heridas de la humanidad, que casi siempre terminan dejando huella en el planeta...

Un abrazo,

Raúl | 14-09-2006 16:44:40

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