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Ex Oriente Lux

Lunes, 17 de julio de 2006

El héroe



Qui nunc it per iter tenebrosicum
Illuc unde negant redire quemquam?
(¿Quién va ahora por el camino de tinieblas
a aquél lugar de donde afirman que nadie regresa?)



Al ciclo artúrico uno entró un poco de refilón, por lo que algunos pueden considerar la puerta de servicio, pero que al fin y al cabo, las viñetas de cómic constituyen por sí mismas un universo vivo, dinámico y con una enorme fuerza evocadora. En ellas un lector principiante, nuevo como era en estas lides, se encontró por primera vez con aquellos personajes tan diferentes a lo que conocía, tan variopintos, pero a la vez tan parecidos a quienes con el tiempo irían a formar el panteón primigenio de los héroes.

Fue en una época que ya puede ser considerada como remota, en la que intercambiábamos en el colegio cómics durante los recreos, y los escondíamos entre libros y cuadernos para que, como si nuestro más preciado tesoro se tratara, pasaran inadvertidos ante la vista de aquellos hombres zafios, bestiales y asotanados que vigilaban nuestras vidas de lunes a viernes, sin más aporte para nosotros que algún golpe diario, castigo las vigilias y misa los primeros viernes de mes.

Durante estos recreos acostumbrábamos a tumbarnos en la hierba, o sentarnos en las gradas del patio, a leer entre dos o tres una historieta, mientras comíamos aquellos pedazos de pan con la onza de chocolate incrustada en su interior o con mantequilla y azúcar.

Permanecíamos largos ratos en silencio disfrutando de las historias que leíamos, interrumpiéndolo sólo en ocasiones con un ¡mira! o ¡qué pasada!, cuando nos admirábamos por la belleza de una viñeta, o el interesante giro que tomaba la historia. También había un ¿ya?, para indicar que uno de los lectores había terminado con esa página y podía pasarse a la siguiente cuando terminara su compañero. Más allá de esto, todo era un silencio reverencial –a veces interrumpido también por carcajadas, cuando se trataba de humor-, hacia aquellas aventuras tan bien dibujadas en ocasiones y llenas de emoción de los héroes de Bruguera, Flash Gordon, el Capitán Trueno, Asterix y, sobre todo El Príncipe Valiente.

Éste último era para nosotros el más difícil de encontrar y también el más preciado y admirado. Era imposible resistirse a la maestría con que Hal Foster, uno de los mayores creadores del mundo del cómic, elaboraba la historia de aquél príncipe heredero de Thule que es armado caballero de la tabla redonda. Cada una de las viñetas que dibujó durante cerca de 34 años, son un verdadero deleite para los ojos, pequeñas obras maestras de la narrativa visual, que hacen única a su obra y sirvieron de inspiración para otros clásicos, a veces tan diferentes, como el Flash Gordon de Alex Raymond, el hombre enmascarado de Ray Moore, Tarzán de Burne Hogarth o Terry y los piratas de Milton Caniff.

En las historias de Foster los personajes son tan reales como nunca lo habíamos visto en ningún otro cómic hasta entonces: sus protagonistas nacían, crecían y maduraban con la experiencia, e incluso morían; cambiaban a menudo su aspecto, triunfaban y fracasaban, y con el paso del tiempo cedían el relevo a sus hijos…





De la mano del protagonista de esta historia, Val, conocimos a todos los personajes del ciclo artúrico: Merlín, Morgana, Ginebra, Lancelot, al rey Arturo y su espada Excalibur, etc… Pero además, volamos libremente por aquél mundo, en el que curiosamente no había apenas lugar para las magias y fantasías, y nos apasionamos con historias como la de Andelkrag, ciudad de los poetas caballeros que se enfrentó a su triste destino aún sabiendo que había poco que hacer; la llegada del joven Val a la mítica Camelot, su venta como esclavo en Oriente, la decisiva amistad con Arn y Gawain, la muerte de Ilene, y el amor de Aleta –que lo convierte en un nuevo Ulises-, el odio de Angor Wrack, y, siempre presente a lo largo de la historia, la terrible profecía del Señor del Tiempo:

“Correrás grandes aventuras, pero no verás la dicha en ninguna parte”.

Estas palabras definían perfectamente aquello que buscábamos en nuestras primeras lecturas y que tenía poco que ver con símbolos o secretos filosóficos: era el simple placer de la aventura, de ir descubriendo nuevos escenarios, peligros desconocidos para esos personajes que poco a poco nos iban resultando cada vez más familiares, y por los que sentíamos cada vez más afecto, necesidad de seguir sus pasos con nuevas historias y una honda admiración…

Avanzando por aquél camino aprendimos a través de estas lecturas, -primero en forma de cómic con aquellas fabulosas “Joyas Literarias Juveniles”, y después ya con los primeros libros -, a considerarnos capaces de sobrevivir a una noche en la tundra dentro de las entrañas de un caballo muerto, a hacer fuego con una lupa, a cruzar el Cabo de Hornos sin naufragar, convivir con una peligrosa tribu de aborígenes de Borneo, o cruzar el desierto del Gobi justo al límite de nuestras fuerzas.

Pero sobre todo, permanece el recuerdo de aquellos primeros héroes, de los personajes que encendieron en nosotros esa llama de valor, vitalidad y deseo de aprender que nos acompañó en nuestros primeros pasos por aquél camino incierto que es el conocimiento, la lectura y el encuentro con ese mundo, con cuyos sedimentos seguimos construyendo el complejo armazón de nuestro yo más íntimo.

Como si de un resto de todo aquello que representa ese pasado se tratara, observaba la antigua Abadía de San Galgano desde lo alto de la colina de Montesiepi. Llevaba un buen rato vagando por ella con mi mirada, sumergido en mis pensamientos, hasta que la detuve para evocar en aquellas ruinas lo que podría ser el esqueleto, tendido en esa verde pradera, de un enorme animal de tiempos remotos del que sólo quedan como memoria unas paredes semiderruidas y el silencio de columnas y capiteles en las que aún se intuye una grandeza tan efímera como cualquier otra. Al fín y al cabo, pensé, son como el reflejo de unas palabras que hablan del pasado.

- Lo destruyó John Hawkwood –dije-.

- ¿Y se benefició en algo su patrimonio o su fama? –me preguntó mi compañera-.

- No mucho.

- Pues entonces qué pena.

Por: Charles de Batz | General | Comentarios (6) | Referencias (0)

Comentarios

Intereseante y variado, me gusta lo que cuentas del Foster. Lo conocía. Me ha gustado también como lo enlazas todo. En el fondo nos has conducido a un rincon muy intimo de tu pasado, como si buscases con ello tu grial...
Por cierto, yo también estoy de vacaciones ;-P
Que te sea leve
Saludos

zubi | 18-07-2006 17:17:12

¿Que ..... es eso que dice Bitacoras.com de que sospecha que mi mensaje es spam y unas cuantas cosas más?! Hermano cambia de servidor que este es una chapuza.
Saludos2

zubi | 18-07-2006 17:19:13

Me gusta como cuantas las cosas aunque a veces te pongas enrevesado. Leer estas cosas ayudan a conocer un poco mas a quien hay detras del texto. y eso esta bien.
Te escribo desde un sitio distinto a donde lo hago siempre. estoy de vacaciones ;P pero he querido visitar mis sitios favoritos.
Besos

Duna | 19-07-2006 09:27:13

"y por los que sentíamos cada vez más afecto, necesidad de seguir sus pasos con nuevas historias y una honda admiración… "

Curioso...a mí me pasa lo mismo con tus textos...



esencia | 19-07-2006 22:11:20


Por ahí van las cosas, zubi, como siempre apuntando con precisión. Eso si, Duna y tu os podríais haber reservado para vosotros mismos eso de que estáis de vacaciones, eso no se hace ;-)

Lo de bitacoras.com ¿qué voy a decirte?, pues lo que haces tu y algún otro: escríbeme al correo y además puedes tener el generoso detalle de comentar cuando el servidor te deje -que es también cuestión de puntería-.

Duna y Esencia agradezco muchísimo vuestras palabras y espero seguir viéndoos por aquí mucho tiempo.

Saludos a los tres

Charles de Batz | 20-07-2006 12:17:48

"una grandeza tan efímera como cualquier otra"

Lo que más me gusta de tus maravillosos textos, Charles, es que, como pasa con las buenas pelícuals, los detalles 'menores' terminas siendo trascendenteales, y se quedan en mi emnte por horas...

Yo amaba los comics cuando era niño, pero creo que era el único niño de mi generación que tenía ese romance con el papel y no con la pantalla... Aquí a Colombia llegabab dos Comics mejicanos que yo leía continuamente: Aguila Solitaria y Kalimán "el hombre increíble".

Con ese par de personajes apren´dí a leer y hasta aprendí algunas lecciones improtantes para la vida, varias de als cuales encontraría después en las páginas de la biblia...

¿Puedes creer que la máxima de Crintios de "Hay Tiempo para todo" se la leí primero al piel roja Aguiola Solitaria... Pues así fue. El me enseñó que había tiempo de ganar, tiempo de perder, tiempo de amar, tiempo para todo...

Saludos,

Raúl | 26-07-2006 17:28:28

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