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Ex Oriente Lux

Jueves, 01 de junio de 2006

Pequeñas cobardías, grandes aventuras


Soy un tanto cobarde, lo reconozco. Cada vez que mi agenda se acerca a esa casilla en la que está marcada la palabra “dentista”, siento un deseo irrefrenable de que se ralenticen los días, de saltarme el que considero objeto de mis desdichas, y continuar camino adelante silbando y con las manos en los bolsillos como si aquí no hubiera ocurrido nada.

Pero las cosas son así, y un buen día –más de los que uno hubiera deseado-, amanece subtitulado con las palabras:

“8.30: dentista”

Y no queda más remedio que armarse de paciencia, encomendarse a los santos Cosme y Damián que dicen que son los patronos de aquél gremio, y salir a la calle con eso de Neruda:

“Vida,
eres como una viña:
atesoras la luz y la repartes
transformada en racimo.”

Cuando llega a la consulta, a uno le hacen pasar a la sala de espera, aunque sea el primero en hacerlo y vea por la puerta entreabierta de su despacho, que el dentista está plácidamente leyendo el periódico. En mis primeras visitas, me limitaba a esperar sentado, firme como un poste, con las manos entrelazadas y mirando de reojo las manoseadas revistas que descansan apiladas a un lado de aquella habitación.

El tiempo va acostumbrándonos y con algo más de confianza, vamos poco a poco relajando nuestra postura, deshaciéndonos sobre el sillón, dirigiendo la mirada más allá de esa desconocida lejanía en la que fijamos nuestra vista cuando no sabemos hacia dónde hacerlo…

Fue entonces cuando me di cuenta que el bueno del dentista tuvo en su momento el detalle de colocar una carta marítima en la pared de la sala de espera. Casi a la vez descubrí que uno puede levantarse, e incluso acercarse a ella y pasar largos ratos entretenido en su lectura.

Desde entonces, siempre que voy, me dedico a pasear mi vista por esa representación de las costas cantábricas llenas de números y colores que marcan las profundidades, de indicaciones de los edificios y montañas que por su volumen pueden verse desde el mar y orientar a los navegantes, y con señales en las que se ubican los diferentes faros y boyas que jalonan la costa y el alcance aproximado de su luz.

- Charles de Batz, puede pasar.

Cuando la enfermera pronuncia mi nombre, vuelvo bruscamente a la realidad, a esa que es de por sí algo más desagradable que la habitual: el dentista me espera, y ese sillón patibulario, y el torno, y la cucharilla, y el sabor a resina de fresa… Mientras pienso en esto, me siento y doy respuesta a las preguntas circunstanciales del dentista: que si que tal estoy, que si siente molestias… Según me hace abrir la boca y busca la causante de aquella visita, continua hablándome como si yo, con la boca abierta y llena de rascadores, espejitos y aspiradores, pudiera responderle algo más que un ¡aha! gutural: ¿no se da cuenta de que con todo esto en la boca uno no puede hablar?.

Poco me queda sino sentir lo menos posible los manejos del cirujano en mi boca. Es entonces cuando opto por desconectar, por centrarme en algún pensamiento, aislarme del exterior y esperar a que haya terminado.

Tuve la fortuna de aprender a leer las cartas marítimas en casa de un amigo cuando los dos éramos unos críos. El padre de éste, aún sin haber sido marino de profesión, era un amante de todo lo que tenía que ver con la navegación. Su casa estaba llena de láminas de barcos, catalejos libros y cartas marítimas y todo tipo de efectos naúticos. Recuerdo que las tardes de invierno en las que pasaba por su casa, desplegaba sobre la mesa de la cocina enormes mapas de la costa, y comenzaba a explicarnos el significado de cada uno de sus detalles.

Nos enseñó a reconocer los bancos de arena, que se indican con un círculo o se sombrean para darles mayor visibilidad, los límites de los canales que se representan con líneas, y los tipos de fondo que son por lo general arenosos, de roca o de fango.

De todos ellos había uno que nos llamaba especialmente la atención y que desataba nuestra imaginación hasta límites insospechados, ¿por qué?: no lo sé, pero alguna misteriosa fuerza de evocación se ocultaba tras ello, y hacía que aquellos dos críos que escuchaban con atención lo que les contaba el padre de uno de ellos, vieran en esas descripciones un trasunto de las geografías que habían recorrido ya decenas de veces de la mano de Verne, May, Salgari y un largo etcétera de aquellos nuestros primeros padres.

- ¿Veis este tipo de marcas de aquí en las que pone “baja” o “rompe”? –nos preguntó.

- Sí, claro.

- Pues las dos indican lo mismo: que hay una elevación del fondo del mar hasta tan cerca de la superficie del agua que hace peligrosa la navegación por dicho paraje. Bueno, a esta se le llama “baja”, y en esta otra se indica “rompe”, porque es tan poca la profundidad que, aún estando en medio del océano, rompen en ella las olas.

Nuestra imaginación volaba al centro de un mar, con sus corrientes ondulantes atrapando el brillo del sol. En el lugar donde se encontraba el rompiente, veíamos cómo esas masas doradas de agua se blanqueaban formando una estela de espuma entremezclada con la arena del fondo.

- Pues hay un montón de ellas…- dije

- Y lo más curioso es fijarse en sus nombres, mirad ésta frente a la desembocadura del Adour: “Baja de los Esclavos”; y ésta otra aquí, en el extremo opuesto: “Rompe de la Nao”; aquí hay más: “Baja de La Solitaria”, “Baja del Cabo”, “Rompe de San Telmo”…. – y mientras terminaba de decir esto último plegó el mapa.

- ¿Qué os parece si ahora nos hacemos una tortilla para merendar? –nos preguntó- ¡con tanto navegar, se me ha abierto el apetito!

Durante un buen rato nos quedamos sin responder, estábamos como ausentes sin apartar los ojos de la carta marítima ahora enrollada.

- ¿Tú crees que podríamos estar ahí en alta mar de pié sin que nos cubriese hasta la cintura?.

Habían pasado unos meses. Las tardes de aquél verano, como las de muchos otros, las pasamos sentados en el espolón del puerto, mirando en silencio el horizonte marino, mientras nuestros amigos se bañaban frente a nosotros en la boca de entrada de los barcos.

- Seguro, en el mapa decía que no había más de medio metro de profundidad – le respondí.

- ¿Y porqué le llamaban Rompe de la Nao?

- Porque allá quedó algún barco, igual un galeón –nos brillaban los ojos exaltados por nuestra imaginación-, y si vas hasta ese sitio, puede que te encuentres todavía sus restos…

- ¿Te imaginas?...

- ¿Qué, os lanzáis al agua?, ¡está muy buena! –nos gritó un amigo que nadaba a la entrada del puerto.

- Pero llegar hasta allá tiene que ser muy difícil, y necesitas un barco. Seguro que ya ha estado alguien por ahí y se lo ha llevado todo.

- Cuando seamos mayores nos podemos comprar una barca entre los dos y vamos a ver todo aquello. ¡vete a saber si encontramos algo!

- ¡Venga cagados!, ¿no os atrevéis?, ¡saltad ya!

- Estaría bien.

- ¿Tu crees que encontraremos algo?

- ¡Charles, Ander, venid!

- ¡Venga, vamos!; -dijimos los dos casi a la vez-, una, dos, y ¡tres!

En ese momento, se me inundó la garganta y el paladar de una masa densa y de un fuerte sabor. Abrí los ojos y ví al dentista en el justo instante en el que acaba de extraer una muela de mi boca, y me la mostraba mientras él mismo la miraba con la satisfacción de un trabajo bien hecho:

- Bueno, te he liberado de algo que te estaba molestando.

Por mi cabeza pasó una expresión que me guardé para mí, pues sólo los oídos de un experimentado marino serían capaces de oírla sin cambiar la expresión su cara.


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Por: Charles de Batz | General | Comentarios (21) | Referencias (0)

Comentarios

En esta tarde lluviosa, con olor a tierra mojada, vuelvo a tener la misma sensación de cercanía, la que da usar los mismos caminos, los que dan los mapas,los papeles viejos..

Vere | 01-06-2006 17:03:45

Juegas con el tiempo y lo moldeas para contarnos cómo tus recuerdos espumean en el "rompe". Me veo yo también en muchos de ellos.
Salu2

zubi | 01-06-2006 17:24:45

Que bonito recuerdo juvenil. Es un placer leerte caballero y disfrutar de tus sueños, recuerdos y tod lo que nos cuentas. Es una maravilla!!.
Besos

Duna | 01-06-2006 21:30:29

Vere, celebro esa sensación de cercanía, ese saber que se conoce el habitat y las especies que pueblan los caminos comunes... Es para mi un verdadero honor y una alegría.

Me gusta tu interpretación zubi y, por cierto, que voy a aceptar tu propuesta de cambio de aires. Da gusto tener hermanos que no sean de sangre.

Duna, gracias por tus palabras y por venir por aquí sin falta.

Salud y Fraternidad

Charles de Batz | 01-06-2006 21:54:14

A pesar de bitácoras.com, y a pesar del cansancio todavía uno puede disfrutar con sus amigos de una hermosa velada.
Una vez oí a Monserrat Caballé decir que siempre que le ocurría algo malo, se consolaba (en cierta manera) pensando que siempre habría alguien que lo estaría pasando peor. De ahí que, para tu consuelo, te informe de que esta que escribe visita mensualmente al cirujano que le puso un injerto de hueso en su boca, aquél que hizo que la chicharrina durara cuatro horas, aquel que me clava agujas en el paladar y que me sonríe, y me aprieta la mano cada vez que le visito. Yo no puedo pensar en nada en esos momentos. Sólo cuento una y otra vez las plaquetas que forman el techo de la clínica y las divido y las multiplico y bajo los efectos de un orfidal suda por todos los poros de su cuerpo.
- ya pasó todo, Vailima. Ya puedes marcharte.
Y huyo como si hubiera visto al mismo diablo y salgo y veo el Kursal y el mar rompiendo en el Paseo Nuevo y enciendo un cigarro que me quema. Dos horas paseando después por San Sebastián, hasta que el efecto del orfidal se reduce a mínimos que me permitan conducir hasta mi ciudad. Y ese se convierte en un momento feliz: falta un mes menos un día para que vuelva...

Vailima | 01-06-2006 22:25:46

Conseguiendo lo imposible, poetizar sobre algo tan vano (terrible para otros) como ir al dentista. Tu niñez evoca la mía, lejos del mar, pero soñando ser la Perla de Labuan, sin conocer el significado de muchas de las palabras que leía, pero entonces, eso no importaba, lo único verdaderamente apasionante e importante era que Sandokan me rescataría y navegariamos eternamente por los mares del Sur. Vosotros que aspirais el olor del mar en vuestras mañanas, compadeceros de los que sólo lo imaginamos al levantarnos.

ladydark | 01-06-2006 22:41:48

Vailima, siento sinceramente que el texto que he escrito haya evocado en ti tan desagradables experiencias. Lo siento de verdad.

Ladydark:

"—¿Tú? ¿Tú, Sandokán? ¡Ya te creía perdido para siempre!
—No, ya ves que he vuelto.
—Pero, ¿dónde estuviste todos estos días? Hace cuatro semanas que te espero lleno de angustia y de ansiedad. ¿Saqueaste el sultanato de Varauni, o te ha hechizado la Perla de Labuán? "
(Emilio Salgari, Sandokán, cap.14)

Recuerdo lo que disfrutaba leyendo a estos clásicos, !que maravilla!. La mayor parte de ellos los leí al principio en una colección -creo que se llamaba "Joyas Literarias Juveniles"- en la que se mezclaba el texto completo de la novela, con un resumen en cómic cada 4 hojas.

Los leíamos con avidez y una vez terminados, se los cambiábamos a alguien en el recreo.

De Salgari lo que más me gustaba a mí era el ciclo de El Pirata Negro y adoraba, como no, a Honorata de Wan Guld .

Saludos a las dos y un abrazo

Charles de Batz | 01-06-2006 23:11:12

Yo también soñaba con piratas... hasta que me subí a una txalupa y no paré de vomitar. Entonces, por uno de esos mecanismos de defensa que nos salvan con tino de nosotros mismos, dejé de soñar con piratas y encontré en los libros de caballería los héroes que me salvarían de peligros y villanías. Eso sí, siempre siendo coherente conmigo misma nunca dejé de ser princesa hermosa independientemente de quiénes fueran mis rescatadores. jeje

Vailima | 02-06-2006 07:38:58

Bonita mezcla de terror vivido y aventuras soñadas, Charles. Yo propongo que volvamos todos a esa niñez, recuperemos el espíritu pirata y preparemos el abordaje a bitacoras. No dejaremos con vida ni al loro. Vailima y Ladydark, lo siento, a vosotras no os permitiremos esta regresión a la infancia, no necesitamos princesas en esta aventura, os queremos como las amazonas que sois.

Jafatron | 02-06-2006 11:27:29


Tienes razón Jafa, aunque bien mirado, si de princesas se trata, quizá nos convenga, pues desfaciendo algún entuerto lo mismo nos recompensan con algún Marquesado o Ducado con renta -que no es ninguna minucia-, para que nos dediquemos a nuestra verdadera vocación: el dolce far niente.

Charles de Batz | 02-06-2006 12:18:01

En ese caso, Charles, con una bastaría. Que lo echen a suertes, cara amazona, cruz princesa.

Por cierto, buena puntualización en los créditos, jejeje, no lo había visto.

Jafatron | 02-06-2006 12:43:13

Segundo comentario igual que hago gracias al servidor.

Que digo, que si no le importa a Ladydark, me pido seguir siendo amazona dadas mis convicciones republicanas llevaría fatal lo de ser princesa. Además, soy muy práctica en esto de los sueños: lo mismo el príncipe que elija me sale rana...y ahí el tamaño sí es fundamental.
un abrazo

Vailima | 02-06-2006 15:21:58

A mi es que lo de princesa... con tanto protocolo, quita, quita. Mejor dama francesa del XVIII, una condesa o duquesa, algo aristocrático pero sin pasarse. Esto en caso de que no quede más remedio, que puestos a elegir prefiero seguir cabalgando sobre el viento... amazona o valquiria.

ladydark | 02-06-2006 15:40:11

Pues nada, decidido, todos a las armas. Eso sí, os aviso, yo hago la guerra de lunes a jueves, el resto de la semana lo dedico a otros menesteres.

Jafatron | 02-06-2006 16:02:48

Yo soy de tierra adentro; mi primera novela fué "Las aventuras de Huckleberry Finn"; mi primera embarcación una balsa con la que recorrer un poco caudaloso río; no sería hasta más adelante que las voces marineras, su lenguaje, sus azañas, se adentraran en mis juegos; aquel río pasó de ser el Mississippi a ser lejanos mares.
En aquel río existía un pozo, "El pozo redondo", en el fondo del cual, según las leyendas, se abría la salida secreta de un ya desaparecido que existió en lo más alto del pueblo; otros decían que su fondo albergaba armas de todo tipo que la gente allí tiraba por mil razones que uno pudiera imaginar; otros, que escondía enterrado un tesoro;
seguramente por todo esto nunca conocí a nadie que se aventurara a bucear hasta ese fondo; las cosas estaban bien como estaban.
Gracias Charles por sacarme con tu maestría del sillón del dentista de la vida diaria y traerme todos estos recuerdos.

Herri | 02-06-2006 18:03:41

perdón, desaparecido castillo.

Herri | 02-06-2006 18:06:04

Gracias Herri, se agradecen las buenas palabras hacia mi texto, más aún si van acompañadas del relato que tu me ofreces a cambio, sobre el rio de tu infancia y las leyendas que oías acerca de él... me parece apasionante, son recuerdos que todos compartimos y que difieren en muy poco unos de otros... Dime: ¿cuántas veces planeaste con algún amigo llegar hasta aquél lugar legendario y hacerte con lo que allí hubiera? ¿no resultaba más estimulante la vivencia -la aventura-, que el botín en sí?. La respuesta a esto último es, con seguridad lo que más nos separa de quienes eramos entonces...

Jafa,Vailima y Ladydark: digo yo que lo de ir a la guerra se podría subcontratar y nosotros nos quedamos en nuestros palacios, como bien dice Lady, a la manera de los señores franceses del XVIII: disfrutando de los mejores placeres de la vida.

Salud y Fraternidad

Charles de Batz | 02-06-2006 19:12:46

Así es Charles, que los preparativos y ensoñaciones de la que fuera a ser nuestra aventura era la que llevaba todo el tiempo; era un poco lo que de mala manera había querido decir al final de mi comentario y tu lo dices con certeras palabras.

Herri | 03-06-2006 16:44:54

Yo recuerdo que me daba tanto miedo ir, que mi dentista hasta me cantaba, jajajja
Será por sus desafinos que comencé a sentir seguridad a rauadales en mis siguientes visitas
;))

alma | 04-06-2006 01:14:26

Estimado Charles,

No sabes cuanto me alegra que existas...

Espero no tener que visitar mucho al odontólogo... pero estoy seguro de que pensaré en un niño que camina alegremente en alta mar...

Saludos!

Raúl | 07-06-2006 00:59:20

¡Qué sería de nosotros sin el poder de la imaginación o el recuerdo almibarado de nuestra infancia!

Mi dentista no tiene esas ventajas, de su anodina sala de espera cuelgan unos letreros que indican como cepillarnos los dientes. Una reiteración de que algo hicimos mal para estar allí.

Así que me refugio en la imaginación. Casi siempre imagino que buceo por apacibles y tibias aguas.

Saludos, espero que todo vaya mejor.

Goathemala | 01-05-2007 13:16:09

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