
"El laberinto es la patria del que duda" (Walter Benjamin)



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Miércoles, 26 de octubre de 2005
Si llegan a decírselo hace algunos años, Jandro ni se lo hubiera creído. Hasta entonces, había pasado casi toda su vida plácidamente, viviendo de su trabajo en una capital castellana, sin que nada le sobrara, ni nada le faltara; es más, él siempre se enorgullecía de lo que tenía, y decía no necesitar nada más.
Eran su mayor riqueza su esposa, con la que llevaba ya muchos años casado, una hija y un pequeño nieto, que había sido el colofón a sus humildes aspiraciones. Era su alegría, su vida misma.
Pero llegó el día en que descubrió que, a pesar todo, podía quedarse sólo: su amada mujer murió, y la casa en la que había compartido tantos años de amor y complicidad, se le llenó de sombras cargadas de recuerdos... Tenía que marchar, huir, pero no junto a su hija como un viejo molesto que termina por ser una carga. No.
El iría a otro sitio, más lejos en el tiempo: a sus orígenes...
Jandro había nacido en un pueblo de Tierra de Campos. Allá conservaba la casa de sus padres, en la que podría vivir con toda comodidad haciendo unas pocas reformas. Aunque su hija pareció resistirse al principio, terminó por acceder, es más: le mandó acompañado del pequeño nieto, sin que quedara claro ahí quien era el que iba a hacerse cargo de quién.
El caso es que los primeros meses pasaron sin pena ni gloria. Mientras Jandro entretenía su tiempo entre paseos, alguna que otra reparación de la casa y charlas con los vecinos, su nieto se iba haciendo poco a poco a la vida en aquél pueblo.
Cuando no tenían nada mejor que hacer, se juntaban los dos en la recocina de la casa, y mientras uno se entretenía mirando la televisión, el otro gustaba de asomarse a la ventana de la casa a mirar quién pasaba delante de ella. Se hacían compañía el uno al otro sin interferirse, con total independencia.
Estaban en esto una tarde, cuando el nieto le dijo señalando al exterior:
- !Jo, cuantos peregrinos pasan todos los días por el camino, abuelo!
Al oirlo, sin saber explicar muy bien porqué, Jandro sintió la necesidad de abandonar aquella vida de encierro. Quizá fuera porque estaba acostumbrado a comunicarse con los demás, a tratar con gentes de todos los tipos y eso, ahora más que nunca, era lo que necesitaba...
- Seguro que a ella -pensó-, no le hubiera gustado que me quedara el resto de mi vida sin hacer nada, esperando la muerte.
Jandro se decidió a abandonar su soledad, a recorrer los caminos que rodean el pueblo -y los que están más allá del horizonte-, para conocer a todos esos forasteros que pasaban un día tras otro por delante de su casa.
Apagó el televisor, tomó una pequeña agenda que le habían regalado en una caja de ahorros, y salió con ella al camino a pedir a todo el peregrino que se encontraba que le escribiera una dedicatoria. ¿Qué mejor manera de romper el hielo y entablar una conversación?, ¿no era sino una forma de acabar con su soledad?.
Han pasado cuatro años desde entonces, y son ya más de un millar las personas que han ido dejando su estela en los cuadernos de ese curioso y amable personaje. Cuando aborda al peregrino lleva siempre una sonrisa y la mano extendida, lo detiene unos minutos para contarle alguna anécdota de quienes pasaron antes que él, y después lo despide pidiendo que nunca se le olvide...
Por: Charles de Batz | General | Comentarios (4) | Referencias (0)
No sé si es realmente verdadera la historia, pero el conseguir salir adelante, gracias a las palabras de un niño, y que éstas sean tan fuertes como para sacarlo de su ensimismamiento, es grandioso. Y que mejor salida que sonreír a los peregrinos que hacen el Camino, y pedirles una muestra de su paso por allí.
Un beso!
Marta | 27-10-2005 09:27:52
Bonita historia sobre las vueltas que da la vida y los cambios queda. ¿Pero es verdaderamente verdadera? :-)
zubi | 27-10-2005 11:43:00
:) que mágica historia, como el camino de santiago..
También me alegra ver que ya tienes más comentarios.
Saludos.
Medea | 27-10-2005 15:28:41
Gracias a los tres por vuestros comentarios...
Sí; la historia es verdadera, o por lo menos así nos la contó el propio protagonista, cuando nos abordó con su libreta a la entrada del pueblo palentino de Boadilla del Camino, en una de las etapas de nuestro Camino de Santiago.
Lo que nos recuerdan personas como ésta, por lo menos a mí, es que mientras quede en nosotros un hilo de vida,debemos emplearlo en conocer y aprender de todo lo que hay a nuestro alrededor...
Realmente a Jandro se le veían ganas de hablar y de contar cosas, pero éstas no eran ni mas ni menos de las que tenía de que nosotros, a cambio, le contáramos también algo.
Volvimos a aprender que, como en el camino, en la vida debemos dedicar más tiempo a escuchar a los demás y a aprender algo de ellos. Es un lugar común o una verdad muy evidente, pero yo por lo menos, la olvido con bastante frecuencia.
Salud y Fraternidad
Charles de Batz | 27-10-2005 16:05:06
