
"El laberinto es la patria del que duda" (Walter Benjamin)



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Lunes, 16 de octubre de 2006

Tal y como quedó dicho, abandono el servidor de bitacoras.com y, si todo va bien, a partir de esta misma tarde estaré en este que véis aquí
Salud y Fraternidad
Por: Charles de Batz | General | Comentarios (2) | Referencias (0)
Jueves, 28 de septiembre de 2006

Nos vamos. Así se ve que va a ocurrir; o mejor, se escucha. Hay un continuo ir y venir de gentes que habitaban hasta hoy este lugar y eso, como es sabido, viene acompañado de mucho ruido: se llaman unos a otros mientras recogen sus pertenencias “no te olvides de la mecedora” –se dicen-, “trae pa quí las fotos de los abuelos”, “¿dónde has dejao la ropa de cama?”… Mientras cargan los carros, muchos requieren a voz en grito la ayuda de sus vecinos, o lanzan irrepetibles expresiones de dolor por el peso que están soportando. Alrededor de ellos, juega un grupo de niños a cogerse, les persiguen varios perros ladrando sin parar, participando entusiasmados de la caza; un par de ancianos observan silenciosos todo esto, apoyados en sus cachavas y con la mente perdida en un infinito colmado de recuerdos.
- ¿Nos hacemos el último pitillo? –dice uno de ellos.
- Venga, despidámonos de esto como se merece.
Max, su esposa Claudette, el hombre de la gorra, Antoine de Bonfils, el temblón, Filemenes de Sardes y muchos más, acompañados por el rumor de decenas de palabras lanzadas al silencio, van cerrando poco a poco sus estancias y tomando el camino hacia el nuevo hogar. Uno de ellos, el de gustos más solemnes, detuvo su paso para mirar por última vez aquél edificio, y antes de reiniciar la marcha recordó las palabras de la poetisa:
Echarás la sombra
que siempre se echó,
morderás la duna
con paso de dos...
Para que ninguno,
ni hombre ni dios,
nos llame partidos
como luna y sol;
para que ni roca
ni viento errador,
ni río con vado
ni árbol sombreador,
aprendan y digan
mentira o error
del Sur y del Norte,
del uno y del dos!
De Batz, que para eso es el menos real de estos personajes, se quedó el último, viendo cómo sus vecinos desaparecían por el camino, entre la espesura del bosque, sin apenas haber dejado rastro de su paso una vez disueltos en aquél lugar que está más allá de la lejanía.
Cuando ya no veía a ninguno de ellos, y no percibía el ladrido de sus perros, se dio la vuelta para observar por última vez lo que había sido durante más de un año su casa, cerró los ojos y cubrió aquél cielo de nubes.
- Esta es mi última anotación en este cuaderno. Habrá una más, pero será para invitar a mi nuevo hogar a aquellos que deseen visitarme.
Por: Charles de Batz | General | Comentarios (15) | Referencias (0)
Viernes, 22 de septiembre de 2006
(Recuerdos y ocurrencias que evocaron a Charles de Batz algunas fotografías que se encontró al limpiar una carpeta de su ordenador)
Es posible que haya quien se pregunte cuando le presente la primera de las fotografías que traigo hoy conmigo, qué diablos ese eso, para qué sirve y –si su curiosidad llega hasta las tendencias etnográficas agudas-, cómo se utilizaba. Si además le digo que aquello era algo así como alta tecnología y motivo de alivio para más de un mecanógrafo –fuera de profesión o circunstancial-, pues es posible que se le abran los ojos como platos.
Pero no, no voy por ahí: no es mi intención detenerme a desentrañar los mil y un secretos de semejante panacea. De ella, sólo quiero evocar el recuerdo de los trabajos que preparaba en casa con la vieja máquina de escribir de mis padres, invirtiendo gran parte del tiempo en desatascar mi dedo de entre las teclas, buscar dónde demonios se escondía la o, la z, la h o cualquier otro signo; o usando el primero de los tipex que conocí para deshacer los más de mil y un entuertos que ofrecía a mis primeros sufridos lectores. Sí, me refiero a aquél tipex, al que era como una tirita y tenias que ponerla sobre el papel y pulsar la tecla correspondiente a la misma letra que querías borrar… Vamos, una delicia.
Por cierto, le llamábamos “papel de calco”, y era tan calcón el condenado que hasta se lo hacía en nuestras manos cuando lo usábamos, y nosotros, que no tomábamos las precauciones profilácticas adecuadas –todavía no había llegado aquello del “pónselo, póntelo”-, terminábamos por contagiar las manchas de carbón a nuestras ropas, con el consiguiente alegrón y muestras de general satisfacción de mis progenitores. ¡Ya viene el carbonero! – exclamaban con cierta sorna cuando el humor daba para ello.
Eso sí, era carito de verdad: a doblón la pieza.

Lejos ya, de aquellas piruetas que cualquier escribiente debía dibujar sobre los folios para trazar en ellos un texto, el problema de hoy en día es el inverso al de antaño; ahora existen más facilidades para escribir y leer, pero dicen que esto no ha aumentado en la misma proporción el nivel general de lectura. Esto es algo sobre lo que existen muchas teorías y se acostumbra a discutir a menudo sobre ello en los medios de comunicación, sobre todo a principios y finales de curso. Eso y el cambio de hora –como lo era antes para las navidades la individua esa que buscaba a Jacques-, es signo inequívoco de que los tiempos están cambiando.
Hay quien debe pensar, siguiendo las doctísimas enseñanzas de los Padres Corazonistas con los que tuve el placer de aprender mis primeras letras, que eso de leer y escribir, como lo del pensar, puede afectar a la cabeza e incluso al entendimiento, dándose el caso de que si alguien ejerce alguna de esas dos funciones con frecuencia puede quedarse, no ciego -que eso era por otro motivo-, pero sí loco, como le ocurrió al buen Alonso Quijano que se le secó el seso.
Pues bien, lejos de ser una banalidad he aquí que he descubierto que esto no sólo puede ocurrir, sino que se da con una frecuencia asombrosa, pudiendo llegar a convertirse en una pandemia si no se toman las medidas adecuadas. ¿Quién o qué lo causa?; estad atentos porque yo tengo la respuesta: la culpa la tiene bitácoras.com.
Vayamos por partes. Os voy a pedir que observéis con atención estas dos fotografías.

¿Ya, ya está? ¿Habéis notado algo en especial? Vamos a ver: en la primera de ellas se puede observar a un apuesto caballero en la flor de la vida, de aspecto culto y afable; se ve que la fortuna le sonríe y así lo refleja él en su rostro. En la segunda, parece que nos encontramos con todo lo contrario: un hombre profusamente barbado, con el gesto desafiante y agotado, de yermos conocimientos y aspecto desaliñado; parece más un Robinsón o un visigodo, que un hombre de la buena sociedad a la que pertenece el primero.
Pues bien, para sorpresa vuestra se trata en ambos casos de la misma persona, y el cartel que reza bajo los dos retratos responde a las secuelas que se dieron en él tras abrir un cuaderno en bitácoras.com y leer los de otros amigos que se encontraban en el mismo servidor. Entre una y otra fotografía apenas habían pasado tres meses.
Llegados a este punto, el lector se dirá: “bien, muy bonito y muy interesante; pero ¿qué es lo que ha producido semejante cambio?, ¡vamos al grano que esto empieza a ser muy largo…!”.
Y yo diré: “vayan por delante, ínclito lector, mis más humildes disculpas: sepa después que es necesario conocer la historia al completo para comprender lo que estoy contando, pues lo que ocurrió a este hombre es digno de narrar pues es ejemplo y caso frecuente y no algo extraordinario como se pudiera pensar”.
Y entonces el coro, que parecer ser que desde tiempos de los griegos es la voz del sentido común, interrumpe y exclama: ¡que te calles pesado, que nadas en los circunloquios y aburres a las pacientes nubes!, ¡cierra tu boca a las vaguedades y ve al grano!”.
El hombre de las fotografías se llama Rodelmiro G., aficionado desde hace muchos años a las cosas de la Internet, lector compulsivo y escritorcillo aficionado. A Rodelmiro se le abrió un mundo el día que descubrió aquello de las bitácoras, y como no tenía amigo, ni perro, ni conocido en el casino del pueblo que le guiara , como un lazarillo por las abruptas veredas de los blogs, optó –no recuerdan muy bien los cronistas por qué motivo- por dejarse llevar por el azar y llamar a las puertas de Bitácoras.com.
Desconocedor de las cosas que pasan en este mundillo, nuestro hombre entró directo y con entusiasmo, sin pensárselo dos veces, creando un cuaderno titulado “Iluminaciones Rodelmiro”. El título le pareció muy a tono y original al escritor novel, pues en él combinaba el hecho de ser propietario de un negocio llamado de la misma manera, con la idea de arrojar la luz de sus pensamientos sobre los escritos que iba a contener en su cuaderno…
Coro: ¡al grano!
Vale; al grano vamos. Una mañana de un día que la historia ha cometido el error de no memorizar, nuestro Rodelmiro se sentó ante su teclado, e intentó entrar en bitácoras.com dispuesto a iniciar en aquél momento su valiosa aportación al mundo de las letras patrias.
- ¡Vaya! –exclamó con sorpresa- ¿que es esto? –tuvo que ponerse las lentes para poder leer el mensaje que, en pequeña letra, aparecía en su pantalla en lugar de el menú para acceder a su página.

- Un error le ocurre a cualquiera –se dijo para sus adentros- y además va a ser cosa de unos minutos.
Pasaron unos minutos, y hasta cuartos de hora; llegaron las medias y la paciencia se fue agotando cuando fueron ya horas… A veces parecía que la cosa se arreglaba, aprovechaba para visitar el sitio de un conocido y dejar algún comentario, pero mira por donde que cuando terminaba de redactarlo, extenso y bien desarrollado, intentaba enviarlo y ¡sorpresa! Volvía a aparecer el cartelito de marras y todo aquello que había escrito desaparecía por siempre jamás.
Rodelmiro que es un hombre de carácter templado y natural paciente, consideró que aquello no tenía apariencia de ir a tener solución, así que decidió retirarse hasta el día siguiente. Pero ¡ay, pobre Rodelmiro! ¡otra desgracia más!: que cuando quiso al día siguiente entrar en los cuadernos de sus amigos, descubrió que continuaba instalado ese cartelito que el lector nos va a permitir nos ahorremos volver a poner, porque entre otras cosas, el estar aquí es garantía de conocerlo mucho y de primera mano.
Coro: ¡Rodelmiro, ya lo dijo tu madre: cuida con qué amigos te haces!
Pasó el tiempo y nuestro pobre amigo terminó por abandonarse a la desesperación: no comía, ni bebía, apenas salía de su habitación; y a medida que insistía en visitar su página o la de sus amigos, más se abandonaba a lo que iba siendo una creciente locura. “Mensaje de Bitacorae”, leía: en latín debe estar porque fue en tiempos de los romanos la última vez que se pudo entrar allí.
Coro: ¡Verdaderamente debes estar loco Rodelmiro, o tonto, o algo peor; pues no funcionando aquello, te empeñas en seguir en esa bazofia que es Bitácoras.com!.
Rodelmiro: perdonen ustedes señores del coro, que uno a fuerza de escucharles y aún siendo un hombre de paz, no puede consentir esas palabras sin decir algo a su favor, y esto es que llevando tanto tiempo he ido acumulando muchos recuerdos queridos a los que ahora se me hace difícil abandonar…
Coro: ¡Pues quédate entonces con tu locura y deja de aburrirnos!
Y así fue como un hombre del siglo, civilizado y de buen tono, acabó por convertirse en el naúfrago de la razón que puede verse en la segunda de las dos fotografías.
Pero dejemos atrás todo esto y miremos al futuro, al lugar donde siempre escondemos y depositamos todas nuestras esperanzas. A uno siempre se le hace curioso pensar lo raros que somos los seres humanos. Me explico: dados como somos a los placeres inmediatos, a la urgencia y al “carpe diem” a tuti plen, me cuesta entender cómo luego, muchas de las cosas que deseamos, soñamos o por las estamos dispuestos a esforzarnos –sobre todo por estas fechas, después de las vacaciones-, quedan siempre relegadas a un mañana que nunca llega porque, como todo el mundo sabe, siempre es hoy y si no es que ha pasado; lo demás está por hacer y es ahí donde lanzamos a nuestras esperanzas a campar libre y a sus anchas.
Pues bien, dado que todo ello queda en esa sustancia que se apaga con nosotros a la que llamamos sueños, he optado por darme la satisfacción de jugar con ellos y divertirme un rato, que digo yo que con estas cosas de la vida, si no puedes con ellas por lo menos hazles burla.

Por cierto que lo de "ejemplar extraviado" va por el autor, y no por el libro. Y es que vivimos unos tiempos extraños, y a veces, el escribir tiene estas cosas.
Por: Charles de Batz | General | Comentarios (22) | Referencias (0)
Miércoles, 20 de septiembre de 2006
Como un niño antojadizo, que con sus actitud desea retar a aquellos que rigen su destino, pienso en enarbolar los más extraños y terribles estandartes que se vieron en los campos de batalla de la convivencia.
En pronunciar destellos de luz que descubran con su aura todo aquello que se oculta tras los círculos y columnas de mis palabras.
Pienso en pegar fuego a la mezquina cortesía.
Y al estúpido encanto de la simpatía enviarlo al demonio de una patada.
Prometo arrojar a los abismos del olvido los pactos y recuerdos que fraguaron mis afectos.
Cabalgar por llanuras desconocidas, dejándome llevar sólo por el frescor de la hierba, y el eco de nuestro trote devuelto por la carne gruesa del Karakórum.
“Los cielos rien, la tierra se regocija”, cantarán los vientos.
Trazaré espirales con la memoria, ¡sí!, y con el jugo dulce y amargo que salga de ella, haré trueque por alimentos con las tribus que encuentre a mi paso.
Eso es lo que haré.
Y después de tanto pensar agitado, me calmo, escucho el rumor de la noche, y sin apartar la mirada de las estrellas pienso
- ¡Qué cojones, para qué me voy a complicar la vida!
Por: Charles de Batz | General | Comentarios (6) | Referencias (0)
Lunes, 11 de septiembre de 2006

Y al final nos hemos quedado en esto: en unos pasos descalzos sobre la arena y el frescor reconfortante del agua acariciando nuestros pies. En la tranquilidad de una primerísima mañana caminando por la selva marina, y el vuelo asustado de las gaviotas empujadas al aire por la carrera de un perro.
Con algo de valor y un poco de burla, entregamos al aire que llega fresco hasta ese fin del mundo por el que caminamos, nuestros más frecuentes pensamientos, para que se los lleve consigo al lugar de donde procede: “allá -señalamos a la vez-, tan lejos que ni los propios dioses sean capaces de divisarlos desde sus elevados tronos”.
Nos despedimos de ellos trazando una línea en la arena, y comprobamos divertidos que una y otra vez se la bebía el mar de un solo bocado, sin dejar nada para el recuerdo…
Al fin y al cabo, todo mi camino termina en la satisfacción de volverte a ver sonreír.
Por: Charles de Batz | General | Comentarios (8) | Referencias (0)
Jueves, 07 de septiembre de 2006
Agosto 2006
Pasado Santiago, se hace cada vez más frecuente para el viajero el encontrarse con extensiones de paisaje totalmente arrasadas por el fuego, destruidas por la estulticia humana y la ineptitud administrativa. Apenas vemos, o queda por lo menos marcada en nuestra memoria, otra cosa que los restos calcinados de los bosques, el silencio rotundo de la muerte y el lodo asfixiante que han formado las cenizas tras los dos providenciales días de lluvia.
En ocasiones, el camino ya no discurre entre esas frescas sombras de castaños, robles, eucaliptos y pinos que nos han acompañado casi de continuo desde que salimos de Villafranca. Allá por donde el fuego ha pasado, el paisaje se muestra carente de imprevistos, quejumbroso entre cenizas y calor reverberante, con la misma tristeza de las sombras que no tienen dueño.
A casi el final del trecho hacia Fisterra están Corcubión y Cee, que a mi se me asemejan a la Zumarraga y Urretxu de mi tierra, pues se sale de una para entrar en la otra, sin apenas haberse dado cuenta de ello. Hemos parado en Corcubión a descansar un poco, lo cual significa –por lo menos- sentarse, beber algo y buscar la frescura de alguno de los pocos lugares umbrosos que se prodigan a esas horas del día.
Que es Domingo es algo que no he dicho pero de lo que debe quedar constancia, pues el fondo -aunque sólo sea un indefinido oscuro-, es importante para que conozcamos los perfiles de un retrato, o el tiempo y el lugar donde se desarrolla una historia. Es Domingo, y envueltos en un reparador silencio hemos pasado una buena porción de tiempo contemplando un infinito no determinado, mientras damos pequeños sorbos a sendos botellines de agua. ¡Que placidez!, ¡que descanso! –hemos pensamos-, ¡que relajo!, ¡que…
Repentinamente, una voz ha roto con fuerza desde la lejanía ese estado de levedad en la que nos encontrábamos. Después de unos instantes sobreponiéndonos, entendemos que lo que oímos es una misa que llega por megafonía hasta nosotros, igual que si nos encontráramos en las últimas filas de una iglesia.
… diablos es eso!
- Es Don Andrés, el párroco de Ameixenda, que está cerca de aquí –nos comenta una joven que disfrutaba cerca de nosotros de la misma placidez-, ¿no habéis leído el periódico?.
- Pues no..
- Ha instalado una megafonía en el campanario de la iglesia para que todo el mundo, quiera o no, le escuche cuando da la misa.
No se porqué, pero uno de esos resortes que mueven nuestra memoria, y definen de manera individual y particular el modo que tenemos cada uno de nosotros de relacionar las cosas, ha hecho que este acto indiscriminado de salvación de almas, traiga a mi recuerdo aquello que cuenta Cessari d’Heisterbach, y que la Enciclopedia Católica ha negado por activa y pasiva, que ocurrió en Beziers en 1209.
Dice el cronista que finiquitándose ya esa guerra que titulan de los cátaros, pero que más que otra cosa fué una trifulca franco-aragonesa por la posesión del pastel tolosano, las tropas de la fe –como ahora lo son las que pretenden ir consolidando democracias-, tomaron la ciudad de Beziers. Al hacerlo, Arnauld Amalric, legado papal, dio la orden de terminar con toda la población, y al decírsele que cuidara que mucha de ella era católica, contestó:
- Matadlos a todos, que Dios reconocerá a los suyos.
Se puede pensar que hay que ser un tanto bruto para decir eso, y que seguramente, como yo también pienso, es más una leyenda que un hecho real. Pero sensibilidades al margen, la verdadera brutalidad no está en las palabras, sino en los actos, y si bien no se ha dicho eso de “Salvadlos a todos, que el diablo ya se llevará a los suyos”, si que se han tomado las medidas necesarias para que esto sea así.
Montañas de ceniza, desolación, mucho calor y la misa de un domingo lanzada al viento por la megafonía del campanario de aquella parroquia. Hoy todo pinta muy triste, casi apocalíptico, pero hasta en ello se encuentra medio para seguir viviendo y llegar a decir, cuando se pregunta por el asunto, eso de:
- Non me molesta e ás veces fai falta que se esperte á mocidade
Por: Charles de Batz | General | Comentarios (5) | Referencias (0)
Martes, 05 de septiembre de 2006

Por: Charles de Batz | General | Comentarios (11) | Referencias (1)
Martes, 29 de agosto de 2006

Sería injusto considerar que el dolor es único y que aquello por lo que pasamos cada uno de nosotros en determinadas circunstancias, es algo que debería provocar una terrible conmoción en el mundo que nos rodea. Al fin y al cabo la vida sigue, y cuando la observamos desde ese oscuro mirador, vemos que nada ha cambiado, que todo se desarrolla como de costumbre; hasta sentimos un profundo deseo de sumergirnos de nuevo en esa cotidianeidad que vemos tan segura. Si, el dolor es algo muy común, pero también muy íntimo.
Todo esto viene a cuento de que habiendo regresado a esta rutina en la que pasamos gran parte de nuestro tiempo, y encontrándome de visita por algunos de mis cuadernos favoritos desde hace un par de días, considero de mal gusto permanecer en silencio durante una temporada sin antes dejar constancia de nuestro regreso, de nuestro estado y del motivo por el que puede que este lugar permanezca silencioso otra temporada más.
Digo permanecer en silencio durante una temporada porque es lo que en este momento me pide el ánimo y la necesidad. Sí, lo pide con toda la insistencia que provoca el dolor de haber perdido aquello por lo que nos sentíamos tan ilusionados en la anotación anterior.
Lo reclama y nos fuerza a ello la tristeza con la misma determinación con la que a pesar de todo, y cuando ya casi habíamos suspendido nuestro final de Camino, decidimos retomarlo para huir, olvidar y recuperar el ánimo.
Así lo hicimos, lo terminamos y las vivencias de esos diez días han sido el mejor bálsamo para nuestras heridas. Al fin y al cabo, como ocurre en todo camino, aprendes a mirar hacia delante.
La tarde del 25 de agosto llegamos a Fisterra. Sin parar para otra cosa que comer algo y refrescarnos, continuamos la marcha ascendiendo hasta un lugar en las rocas, junto al faro, en el que todos los peregrinos que hasta allá han llegado se reúnen para ver al sol ocultarse tras el horizonte marino.
Quedamos a la espera, sin apartar la vista de esa pequeña franja abierta entre las nubes y la línea del mar, por la que esperábamos ver el crepúsculo. Era cosa de poco tiempo, de algunos minutos. A medida que éstos avanzaban, el reflejo del sol en la superficie marina se iba haciendo más intenso: le faltaba poco para asomar entre las nubes y hundirse en el mar.
Entonces, alguien a nuestras espaldas llamó la atención de los que allí estábamos, señalando un grupo de delfines que nadaban ante nosotros. Todos nos quedamos mirándolos entre sorprendidos y fascinados, viendo como esos maravillosos animales desaparecían bajo las aguas para coger impulso y volver a la superficie con fuerza. Al alboroto inicial producido por la sorpresa, le siguió un silencio general lleno de emoción, roto sólo por la fuerte brisa del mar y el sonido de las olas rompiendo contra las rocas.
En ese mismo momento, el sol comenzó a hundirse en el mar, llenando toda su extensión de un color rojizo que asemejaba al de un océano flameante. Los delfines variaron su rumbo y abandonando la línea costera, se dirigieron hacia poniente, hundiéndose en las profundidades marinas para volver a aparecer de nuevo.
Por: Charles de Batz | General | Comentarios (8) | Referencias (0)
Viernes, 21 de julio de 2006

La mano suave de la brisa transformó al perro en algo semejante a una manopla, que al ir desplazándose lentamente por el cielo parecía despedirse de todo aquél que se detenía a mirarla. Apenas dio tiempo a que nadie le respondiera con el mismo gesto: la voluntad cambiante de las corrientes celestes hicieron que de está forma surgiera otra, de la que por ahora uno solo podía quedarse a esperar para ver en qué quedaba.
Empujando un poco de aquí, tirando otro más de allá, acumulando para oscurecer en estos sitios y dando un poco más de color crepuscular por ahí, el cielo aparentó partirse en dos. Una larga línea blanca con latidos ocasionales de naranja, lo cruzaba de punta a punta, llenando de confusión a todo aquél que todavía con el gesto de saludo a las alturas, se encontró con que había dos reinos celestes, semejantes en belleza, sobre su cabeza.
Aquél día el viento modelaba las nubes continuamente, como lo haría sobre la crin de un caballo. Mientras, los rayos de sol se enhebraban por ellas, dando la apariencia de ser las venas que corren llenas de luz hacia su corazón. Parecían el hilo vital de sus movimientos, tan lentos que semejaban ser los heraldos de lo eterno.
Max observaba todo esto acodado en el quicio de la ventana, alternando la lectura de las formas del cielo, con la placentera visión de las imágenes que desbordaban las páginas de un libro que tenía entre sus manos: las “Celebraciones” de Michel Tournier.
Este libro, y las nubes, le hicieron recordar a aquél hombre que conoció en su época nómada, un tal Ignace Martin de Bonfills, que siempre le hablaba de los extraños y desconocidos volúmenes que conservaba en su biblioteca, la mayor parte heredados de sus antepasados. Se acordó porque en cierta ocasión le habló de un ejemplar único que tenía en ella del famoso “Tratado de la sombra que proporcionan las nubes y el modo en que afectan a las especies”, quizá la más conocida de las obras de Filemenes de Sardes, filósofo del siglo II a.c. En él se explicaba que según la dirección de la que procedían, el color y la calidad de las aguas que la componen, la sombra de las nubes era más o menos fresca, y beneficiaba en mayor o menor grado la salud de las personas. Dependiendo de la dolencia de cada cual, era recomendable la sombra de un tipo u otro de nube. Max recordaba también haberle oído decir que el libro se abría con una cita de Aristófanes, referente a las nubes, en la que se decía:
“Es que verdaderamente éstas son las únicas diosas. Todo lo demás son pamplinas.”
Sin saber muy bien porqué, Max llevaba ya unas cuantas semanas trabajando en una de las cosas que más le agradaban, aunque no se consideraba especialmente hábil para ello. Durante uno de sus paseos por los bosques próximos a St. Jean, encontró tres gruesos leños a los que pensó dar alguna forma que pudiera adornar su casa.
Después de darle unas cuantas vueltas pensó en representar con uno de ellos al Santo patrón de aquél pueblo que tan afectuosamente le había acogido, y con el otro al hijo más preclaro del lugar, de quién se contaban, para deleite sobre todo de los más pequeños, todo tipo de aventuras. Para el tercero, tenía reservada la memoria de un personaje muy parecido a los otros dos, pero más real, menos idealista, de quién se hablaba en las crónicas renacentistas como el condotiero más famoso de la comarca.
En muy poco tiempo obtuvo de entre las gruesas aguas de uno de los troncos la imagen de un hombre santo, vestido de monje a la usanza medieval, con una espada alzada en una mano y el gesto de bendición en la otra. Quedó bastante satisfecho del resultado, lo colocó en una repisa a la entrada de su casa.
Del vientre del segundo de los leños rescató algún tiempo después a un hombre de armas al que se veneraba en aquél lugar con el mismo fervor que al primero. A Max le recordaba bastante a los héroes cuyas aventuras había leído e imaginado muchas veces en su juventud. Eso hacía que desde el primer momento sintiera un especial afecto hacia aquella figura y la colocara próxima a la puerta de su habitación.
El tercer tronco descansaba todavía en penumbra, silencioso, esperando sin ninguna prisa a que llegara su turno, mientras su dueño continuaba ajeno a él leyendo y observando las nubes.
- ¡Max! ¿me oyes?
Como queriéndole sacar de su ensimismamiento con la mayor dulzura, Claudette no dijo nada más. Al darse aquél la vuelta, le dirigió una intensa mirada, una de esas cuyo brillo refleja la mayor de las felicidades; tanta que llegaba incluso a desbordarse en forma de lágrimas.
Respondió con otra mirada. Primero buscando interrogante la de su compañera, después, una vez que se encontraron, recibiendo la emoción que había en ella.
No hacía falta decir más…, o quizá sólo confirmar.
- Sí, era lo que imaginábamos…
Max supo entonces que se tomaría un largo descanso, que aquellas imágenes deberían esperar un tiempo a ser completadas. Quedaba un último pedazo de madera ante sí: su pensamiento, como si de uno de aquellos vientos celestes se tratara, dibujaba en él la imagen de un caballo, el mismo que vió correr desbocado el día en que conoció a Claudette.
Cerró los ojos. Lo imaginó. Volvió a abrirlos alzando la mirada. Si, lo haría, tallaría aquél caballo para iluminar los sueños de la criatura que, por primera vez, les iba a hacer padres.
Por: Charles de Batz | General | Comentarios (22) | Referencias (0)
Lunes, 17 de julio de 2006
Qui nunc it per iter tenebrosicum
Illuc unde negant redire quemquam?
(¿Quién va ahora por el camino de tinieblas
a aquél lugar de donde afirman que nadie regresa?)
Al ciclo artúrico uno entró un poco de refilón, por lo que algunos pueden considerar la puerta de servicio, pero que al fin y al cabo, las viñetas de cómic constituyen por sí mismas un universo vivo, dinámico y con una enorme fuerza evocadora. En ellas un lector principiante, nuevo como era en estas lides, se encontró por primera vez con aquellos personajes tan diferentes a lo que conocía, tan variopintos, pero a la vez tan parecidos a quienes con el tiempo irían a formar el panteón primigenio de los héroes.
Fue en una época que ya puede ser considerada como remota, en la que intercambiábamos en el colegio cómics durante los recreos, y los escondíamos entre libros y cuadernos para que, como si nuestro más preciado tesoro se tratara, pasaran inadvertidos ante la vista de aquellos hombres zafios, bestiales y asotanados que vigilaban nuestras vidas de lunes a viernes, sin más aporte para nosotros que algún golpe diario, castigo las vigilias y misa los primeros viernes de mes.
Durante estos recreos acostumbrábamos a tumbarnos en la hierba, o sentarnos en las gradas del patio, a leer entre dos o tres una historieta, mientras comíamos aquellos pedazos de pan con la onza de chocolate incrustada en su interior o con mantequilla y azúcar.
Permanecíamos largos ratos en silencio disfrutando de las historias que leíamos, interrumpiéndolo sólo en ocasiones con un ¡mira! o ¡qué pasada!, cuando nos admirábamos por la belleza de una viñeta, o el interesante giro que tomaba la historia. También había un ¿ya?, para indicar que uno de los lectores había terminado con esa página y podía pasarse a la siguiente cuando terminara su compañero. Más allá de esto, todo era un silencio reverencial –a veces interrumpido también por carcajadas, cuando se trataba de humor-, hacia aquellas aventuras tan bien dibujadas en ocasiones y llenas de emoción de los héroes de Bruguera, Flash Gordon, el Capitán Trueno, Asterix y, sobre todo El Príncipe Valiente.
Éste último era para nosotros el más difícil de encontrar y también el más preciado y admirado. Era imposible resistirse a la maestría con que Hal Foster, uno de los mayores creadores del mundo del cómic, elaboraba la historia de aquél príncipe heredero de Thule que es armado caballero de la tabla redonda. Cada una de las viñetas que dibujó durante cerca de 34 años, son un verdadero deleite para los ojos, pequeñas obras maestras de la narrativa visual, que hacen única a su obra y sirvieron de inspiración para otros clásicos, a veces tan diferentes, como el Flash Gordon de Alex Raymond, el hombre enmascarado de Ray Moore, Tarzán de Burne Hogarth o Terry y los piratas de Milton Caniff.
En las historias de Foster los personajes son tan reales como nunca lo habíamos visto en ningún otro cómic hasta entonces: sus protagonistas nacían, crecían y maduraban con la experiencia, e incluso morían; cambiaban a menudo su aspecto, triunfaban y fracasaban, y con el paso del tiempo cedían el relevo a sus hijos…

De la mano del protagonista de esta historia, Val, conocimos a todos los personajes del ciclo artúrico: Merlín, Morgana, Ginebra, Lancelot, al rey Arturo y su espada Excalibur, etc… Pero además, volamos libremente por aquél mundo, en el que curiosamente no había apenas lugar para las magias y fantasías, y nos apasionamos con historias como la de Andelkrag, ciudad de los poetas caballeros que se enfrentó a su triste destino aún sabiendo que había poco que hacer; la llegada del joven Val a la mítica Camelot, su venta como esclavo en Oriente, la decisiva amistad con Arn y Gawain, la muerte de Ilene, y el amor de Aleta –que lo convierte en un nuevo Ulises-, el odio de Angor Wrack, y, siempre presente a lo largo de la historia, la terrible profecía del Señor del Tiempo:
“Correrás grandes aventuras, pero no verás la dicha en ninguna parte”.
Estas palabras definían perfectamente aquello que buscábamos en nuestras primeras lecturas y que tenía poco que ver con símbolos o secretos filosóficos: era el simple placer de la aventura, de ir descubriendo nuevos escenarios, peligros desconocidos para esos personajes que poco a poco nos iban resultando cada vez más familiares, y por los que sentíamos cada vez más afecto, necesidad de seguir sus pasos con nuevas historias y una honda admiración…
Avanzando por aquél camino aprendimos a través de estas lecturas, -primero en forma de cómic con aquellas fabulosas “Joyas Literarias Juveniles”, y después ya con los primeros libros -, a considerarnos capaces de sobrevivir a una noche en la tundra dentro de las entrañas de un caballo muerto, a hacer fuego con una lupa, a cruzar el Cabo de Hornos sin naufragar, convivir con una peligrosa tribu de aborígenes de Borneo, o cruzar el desierto del Gobi justo al límite de nuestras fuerzas.
Pero sobre todo, permanece el recuerdo de aquellos primeros héroes, de los personajes que encendieron en nosotros esa llama de valor, vitalidad y deseo de aprender que nos acompañó en nuestros primeros pasos por aquél camino incierto que es el conocimiento, la lectura y el encuentro con ese mundo, con cuyos sedimentos seguimos construyendo el complejo armazón de nuestro yo más íntimo.
Como si de un resto de todo aquello que representa ese pasado se tratara, observaba la antigua Abadía de San Galgano desde lo alto de la colina de Montesiepi. Llevaba un buen rato vagando por ella con mi mirada, sumergido en mis pensamientos, hasta que la detuve para evocar en aquellas ruinas lo que podría ser el esqueleto, tendido en esa verde pradera, de un enorme animal de tiempos remotos del que sólo quedan como memoria unas paredes semiderruidas y el silencio de columnas y capiteles en las que aún se intuye una grandeza tan efímera como cualquier otra. Al fín y al cabo, pensé, son como el reflejo de unas palabras que hablan del pasado.
- Lo destruyó John Hawkwood –dije-.
- ¿Y se benefició en algo su patrimonio o su fama? –me preguntó mi compañera-.
- No mucho.
- Pues entonces qué pena.
Por: Charles de Batz | General | Comentarios (6) | Referencias (0)